sesenta y tres

XENIA

No podía mover el cuerpo, ni siquiera las manos, por lo fuerte que Adriel estaba apretando mis muñecas. Me estaba quedando sin aire porque, además de presionar su peso sobre mí, se negaba a soltar mis labios. Entonces sentí una de sus manos recorrer debajo de mi ropa. Un escalofrío repentino se extendió por todo mi cuerpo cuando su palma cálida tocó mi piel desnuda, provocándome piel de gallina al instante.

Cuando su mano llegó a mi sostén, dejé escapar un grito ahogado al sentir cómo lo
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