ADRIEL MATTIAS
Cuando Caietta ya no estaba a la vista, me concentré de inmediato en lo que sostenía. Lo acerqué lentamente a mí y terminé oliéndolo. Cerré los ojos. Al inhalar, su imagen apareció en mi mente. De repente, abrí los ojos y me reí solo, como un loco.
—¿Qué demonios estoy haciendo? —me pregunté, sacudiendo la cabeza. Me convierto en otra persona cuando estoy cerca de ella. Siento que ya ni me conozco a mí mismo. Esto no soy yo. Maldigo a las mujeres, y sin embargo aquí estoy, hacien