La sala bullía de hombres y mujeres emocionados, contemplando los productos por los que habían venido a gastar millones.
Las esposas en mis muñecas me quemaban la piel. Y me dolían las rodillas contra el suelo de madera. La realidad me golpeó como un balde de hielo.
Productos. Era un término apropiado. Eso era todo lo que éramos para esos hombres. Ganado para usar y desechar.
Las subastas siempre eran lo peor. Algunas teníamos suerte y encontrábamos un buen dueño. Pero la mayoría de las veces,