Isabel contempló su reflejo en el altísimo espejo de su enorme vestidor. Esa noche era la subasta anual de arte benéfica de la ciudad. Era otra actuación obligatoria y muy publicitada, exigida por la junta directiva de Belmonte para proyectar estabilidad doméstica. Sin embargo, Isabel estaba absolutamente decidida a reescribir las reglas del enfrentamiento. Dos noches atrás, Santiago la había vestido con su líquida seda esmeralda y sus pesados diamantes. La había marcado físicamente como su pro