El agudo clic metálico de los cierres de latón de su maletín de cuero color ciruela sonó exactamente como la puerta de una prisión cerrándose por completo. Isabel Valeriana de la Cruz estaba sentada en el silencio absoluto de su nueva suite de socia directora, con las manos descansando pesadamente sobre el suave cuero. Acababa de guardar bajo llave la copia falsificada de la página cuarenta y siete en el compartimento seguro. No podía quemar el documento. No podía triturar el pesado pergamino.