El aire en la bodega de vinos subterránea estaba increíblemente viciado. La repugnante revelación de la supervivencia de Alejandro Belmonte flotaba pesadamente en la gélida humedad.
Santiago no le dijo ni una palabra más al traidor que lloraba atado a la pesada silla de madera. No hizo más preguntas. Simplemente le dio su ancha espalda a Mateo y subió directamente por la empinada escalera de piedra. Sus pasos eran pesados y carecían por completo de su habitual gracia letal. La conmoción de la t