## Capítulo 41: El consejo de guerra
El pálido sol de la mañana no podía penetrar las pesadas contraventanas de acero que envolvían la Hacienda de Luna. Dentro del arruinado despacho privado, el aire olía fuertemente a pólvora rancia, a un penetrante pulidor de pino y a la ráfaga helada que soplaba a través de la destrozada ventana de la terraza.
Isabel estaba sentada en la enorme silla de cuero de su marido. La pálida luz azul de su portátil encriptado iluminaba las ojeras que se formaban bajo