Los diez minutos empezaban ahora.
Santiago no perdió ni un solo segundo. Le dirigió a Isabel una última mirada ardiente, y sus ojos de un negro intenso se clavaron en los de ella bajo el pálido resplandor de la pantalla de la computadora portátil. Se dio la vuelta y desapareció en los pasillos de la Hacienda de Luna, oscuros como la boca del lobo. Se movía con la gracia aterradora y silenciosa de un depredador alfa letal deslizándose en su terreno de caza natural.
Isabel no se quedó en la cocin