El frío cañón de acero de la pistola táctica con silenciador permaneció apuntando perfectamente al centro de su frente. El clic metálico del percutor al retroceder resonó en el silencio asfixiante del despacho cerrado con llave. El olor a aceite oscuro de armas y a sudor desesperado llenó los pulmones de Isabel.
Isabel Valeriana de la Cruz no se inmutó. Mantuvo su postura impecablemente rígida. Entrelazó sus manos de manicura perfecta, descansándolas con gracia sobre el escritorio de caoba puli