El silencio que quedó en la suite tras la partida de Elliot y Paul no era incómodo, sino expectante.
Thea se dejó caer en el sofá de terciopelo esmeralda, cruzando sus largas piernas y observando a Daniela con una sonrisa felina que su amiga conocía demasiado bien.
Daniela seguía de pie junto a la puerta, con la mano aún apoyada en el pomo de madera fría, sintiendo todavía el calor residual del beso que Elliot le había dado en la coronilla.
Era una sensación que parecía irradiar desde su cue