EMILIA
La música vibraba en el aire como un latido constante, haciendo eco dentro de mi pecho, pero esta vez no era por ansiedad o tristeza. Era por risa. Por primera vez en mi vida estaba disfrutando de una buena velada. No estaba haciendo nada malo, salvo platicar con extraños.
Tony y Leo tenían razón.
Me apoyé ligeramente sobre la barra, con un cóctel en mano, uno que Tony había ordenado y llamado descaradamente “resurrección divina”. Frente a mí, tres hombres discutían animadamente, lanzánd