EMILIA
Me quedé en silencio.
Sus palabras seguían flotando en el aire como humo espeso, envolviéndome, asfixiándome. “Jamás te he sido infiel”, había dicho, con esa voz ronca y temblorosa que no conocía de él. No como esposo. No como hombre, sino como alguien comprometido a. . . ¿Amarme?
Sus caderas presionaban las mías, y su ere**cción hablaba de todo lo que había callado por años. Me deseaba, podía sentirlo, y mi cuerpo gritaba tan fuerte por él, que sentí la tela de mi tanga húmeda. Era como