El atardecer de la terraza comenzaba a devorar los últimos restos de luz, envolviendo a la pareja en una atmósfera de sensualidad y pecado que hacía que la piel de Emma vibrara de una forma desconocida. Ella se sentía sexy, poderosa bajo el escrutinio de esos ojos grises que la desnudaban mucho antes de que sus manos lo hicieran. Benedict no perdió el tiempo; sus dedos, largos y seguros, se deslizaron por los hombros de Emma para bajar los tirantes de su vestido con una lentitud que la torturab