Benedict llegó de la empresa con el rostro endurecido por las reuniones, pero su expresión se suavizó apenas cruzó el umbral de la habitación. No vio a nadie en la cama, así que soltó un suspiro impaciente mientras dejaba su chaqueta sobre un sillón.
—¿Em? —llamó con voz profunda.
—Estoy en la terraza —respondió ella desde el exterior, sintiendo que su corazón se aceleraba al escucharlo. Le pasaba últimamente. Ver los ojos grises de ese hombre le regresaba el aliento de la misma forma que