Robert iba en el asiento trasero del auto, con la mirada perdida en las luces de la ciudad que se difuminaban a través del cristal. Sin embargo, no veía el asfalto ni los edificios; en su mente se repetía, como una cinta cinematográfica antigua, el recuerdo de Catalina, la calidez de su piel y esos ojos azules que tanto había visitado en sus sueños durante décadas. Sentía que el pecho se le estrujaba con una melancolía amarga, para ser mas exactos, era arrepentimiento y deseo de ese que cala en