Benedict se colocaba la camisa frente al espejo, abotonándola con calma mientras ignoraba la tormenta de pensamientos que siempre lo invadía en esa casa. La mansión Campbell había sido habitada por Robert, él y Noah desde que tenía memoria. Su madre había fallecido cuando él tenía apenas diecinueve años, en el mismo accidente que se llevó a su hermano Ernesto y a su cuñada —los padres de Noah—. Noah, con solo diez años, se había quedado huérfano de golpe y Robert terminó haciéndose cargo de él