La primera reacción de Emma fue cerrar la puerta con fuerza, pero Noah lo impidió colocando su pie. Empujó la madera obligándola a retroceder varios pasos y entró al apartamento, barriendo el lugar con una mirada de odio. Ella, con el ceño fruncido y el pulso galopando en sus oídos, trató de interponerse, pero fue inútil; Noah ya estaba adentro, invadiendo su espacio y rompiendo la escasa paz que había logrado construir esa mañana.
—¿Qué carajos haces aquí? —exigió Emma, intentando que su voz