Sólo el sonido de las hembras en la cocina bastaba para volver loco a cualquiera.
La cocina del castillo era grande, llena de fuegos y grandes ollas que las lobas manejaban con comida.
Alice había conseguido trabajar allí fregando el suelo y cada día le daban un plato de comida.
Mientras barría el mugriento suelo, una de las lobas pasó junto a ella llevando una cesta de patatas.
La loba le quitó la escoba de la mano y le tendió el saco:
- Pela esas patatas, rápido. - Le ordenó con dureza.