La mañana llegó con un aire denso y pesado, como si el ambiente reflejara la tensión que llenaba la mente de Samer. Agatha lo observó desde la puerta de la habitación mientras él se arreglaba. Su semblante era serio, casi impenetrable, y sus movimientos eran mecánicos, como si una parte de él estuviera ausente.
—¿Seguro que quieres ir solo? —preguntó ella, rompiendo el silencio.
Samer, que ajustaba el cuello de su camisa frente al espejo, levantó la mirada y se encontró con la de ella a través