El sonido del teléfono interrumpió el silencio que había caído en la habitación. Samer, que estaba reclinado en la silla de su oficina, levantó la mirada hacia la pantalla del dispositivo. El número era desconocido, pero algo en su interior le dijo que debía contestar. Sin pensarlo mucho, descolgó el auricular.
—¿Sí? —dijo con voz grave, manteniendo una postura alerta.
La respuesta al otro lado fue breve, pero cargada de tensión.
—Necesitamos hablar. Hay algo que te concierne.
Samer frunció el