Reina
Cuando salí de mi habitación con los guardias escoltándome hacia mi nuevo destino esta mañana, no estaba muy segura de qué me esperaba. Me dije a mí misma que debía prepararme para cualquier cosa. El exterior y el interior del palacio eran dos mundos muy diferentes, y aunque lo había visto en persona, no podía creer que me hubiera dejado sorprender por el final que conllevaba.
Al anochecer, mi cuerpo había aprendido un nuevo idioma, y créeme cuando te digo que no fue agradable.
El dolor ya no llegaba en protestas agudas. Ahora vivía en mí, sordo y constante, como algo que hubiera decidido quedarse. Peor aún, sentía que la lesión en mi hombro estaba esperando, esperando a que cometiera un pequeño error que hiciera que el dolor volviera a arreciar. Mi hombro palpitaba con cada movimiento, mis dedos rígidos y enrojecidos por horas de trabajo que parecían no tener fin.
Henry se encargó de eso.
Pensarías que haberme chocado fue algo bueno, que había encontrado una especie de salvador