Reina
No sabía cuánto tiempo había estado sola antes de que el silencio dejara de parecer una amenaza y empezara a parecer una lección. Fuera cual fuese, ninguna me daba buena espina. Me ponían los pelos de punta y me picaba la ansiedad, y odiaba no poder evitarlo.
Me sentía incómoda, y no tenía nada que ver con la cama ni con lo que me rodeaba. Si alguien me hubiera susurrado horas antes que este iba a ser mi destino, créeme que lo habría tomado con pinzas. Sabía que Caine era cruel, pero una y otra vez, siempre se superaba a sí mismo.
Pensar en todo aquello me dolía la cabeza. Al principio, solo podía respirar. Respiraciones superficiales, lentas y controladas que no parecían hacer gran cosa.
Las cadenas se me clavaban en las muñecas cada vez que me movía; no lo suficientemente afiladas como para cortar, pero tampoco lo suficientemente sueltas como para ignorarlas. No eran toscas, y esa comprensión llegó más tarde, después de que el pánico se calmara y de que mi corazón dejara de la