Tras salir de la sala de reuniones, el vicepresidente delegó algunos proyectos y actividades a Catalina, y luego llamó al agente de Catalina para advertirle que si no obedecía a la empresa, se terminaría su contrato.
Catalina había firmado por ocho años, y la penalización por cancelación era de cientos de millones de dólares. A pesar de su buena situación económica actual, no podría afrontar tal cantidad.
Así, no tuvo más opción que aceptar obedientemente todas las actividades que la empresa le