Pero aquel hombre con la paleta número 22 se sentaba en una esquina oscura, rodeado de otros clientes, impidiendo que ella pudiera ver su rostro.
—Debe ser él, —dijo Valeria tras observar un momento, recostándose de nuevo—. Ya van cincuenta millones de dólares, ¿vas a seguir pujando?
—¡Claro que sí! No creo que él pueda elevar el precio hasta los sesenta millones.
El hombre de la paleta seguía pujando, avivando el espíritu competitivo de David, quien levantó la paleta una vez más.
Pronto, el pre