—Es tu pierna la que está herida, no tus ojos —Mauricio la miró con una expresión neutral—. Además, el leer es para tu bien, no el mío.
Ofendida por su comentario, Valeria arrojó el libro hacia él y se cubrió con la sábana.
Mauricio atrapó el libro antes de que le golpeara y soltó un suspiro de resignación.
Después de terminar con los correos pendientes, se acercó a la cama y, una vez en ella, envolvió a Valeria, sábana incluida, en sus brazos, diciendo: —Ven, yo te acompaño a leer.
La sábana er