Al otro lado de la ciudad, Iván se burlaba descaradamente de su amigo abofeteado. Lo empujaba con el hombro, insistente, como si esa escena fuera demasiado buena para dejarla pasar.
—Bueno, che, tampoco es para tanto, Iván.
Alejandro no estaba de humor. Nada de eso le causaba gracia; más bien, todo lo contrario. Compartir el puesto ya le resultaba insoportable. Hacerlo con Elizabeth, directamente, le revolvía el estómago. El plazo que su padre le había dado para valerse por sí mismo —o volver a