En el 7.º piso, Elizabeth y Daniela ya iban por el séptimo chupito de tequila. O eso creían. Para ese momento se carcajeaban a los gritos, apoyadas sobre la barra, llamando la atención de medio bar. Pero no de mala manera: no eran molestas, eran alegres. De esas risas contagiosas que se cuelan entre la música y los vasos.
—Nooo puedo creeer que le hayas dado una cachetada —dijo Daniela, doblada de risa, golpeando la barra con la mano.
—¡Y yoo no puedo creer que me haya enamorado de ese canalla!