—Ay, no… no, no —se tensó Elizabeth, y salió corriendo hacia donde minutos antes estaba su mejor amiga—. ¡DANIIII! ¡DANIIII!
El cantinero la miró con mala cara y se le acercó.
—Estuve toda la noche aguantando los gritos de tu amiga. No vas a empezar a gritar vos también ahora. Si estás buscando a la rubia, se fue con el del pelo alborotado hace cinco minutos. Y le dejaron algo al chico de allá.
El cantinero señaló a Alejandro, que estaba tirado sobre la barra, con un vaso en la mano. Con