El bullicio del congreso médico en Miami se desvanecía en la mente de Diego Rivera, reemplazado por una obsesión que ardía como una fiebre. Valeria Cruz había reaparecido, solo para desvanecerse nuevamente tras un beso que aún le quemaba los labios. Cuatro años de búsqueda inútil, de detectives privados que prometían pistas y entregaban solo excusas, lo habían dejado harto. No confiaría más en terceros. Si quería encontrar a Valeria, lo haría con sus propias manos. Sentado en su habitación de h