Valeria Cruz atravesó el vestíbulo del centro de convenciones de Miami como si huyera de un incendio. Su corazón latía con una furia desbocada, cada paso un eco de la pasión que Diego Rivera había reavivado en la penumbra de la escalera de emergencia. Intentó mantener la fachada de serenidad cuando sus ojos se encontraron en el salón, pero en su interior rugía un huracán. La imagen de Diego —sus ojos avellana encendidos de anhelo, su voz rota por años de búsqueda— había desatado un torbellino d