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Me enamoré… sin ver la caída.

Chelsea Hale

Así transitaron algunos días más, y entonces, un día, bajo los efectos de las luces del atardecer, nos dimos nuestro primer beso, me había sujetado del mentón y me había atraído hacia sus labios, fue un gesto inevitable… me había enamorado de él de una forma lenta y profunda, había tocado mi alma y yo había tocado la suya.

O eso creí…

Con el tiempo, se mudó conmigo… en mi pequeño departamento ordenado y pulcro. Yo siempre estaba en la escuela o en el trabajo. Como sea, él siempre iba a la universidad por mí o me esperaba en el estacionamiento del trabajo. Yo le aguardaba con ansías siempre, porque, después de un arduo día, su sonrisa era la mejor recompensa, sus manos cálidas y sus abrazos acogedores.

Comenzaron mis prácticas en el hospital, ahí yo debía poder mejorar mis habilidades como futura médica. Siempre estaba cansada, pero Brandon, era por mucho, mi mejor consuelo.

Pertenecía a una familia influyente de Inglaterra.

—Nunca me has hablado de tus padres…—Me rezongó un día.

—Se quedaron en Irlanda. —expliqué un poco nerviosa, esa noche estaba preparando la cena para ambos, un rico estofado. —No acostumbro cocinarle a nadie, así que, tómalo como un halago. —Expresé con una sonrisa. este hombre me había derretido el corazón, la verdad es que yo no sabía que tenía uno, pero él me había hecho descubrir que sí.

—Se ve muy bien. —Me dijo.

Nos serví a ambos y compartimos la cena.

—Tú tampoco hablas mucho de tus padres. —Rebatí.

—Los Kingsley son una familia muy vieja y tradicional, mandona y chapada a la antigua. Mi padre y abuelo siempre quieren decirme qué hacer y, mi mamá se les une. —suspiró. —Eso me tiene un poco harto, por eso cuando estoy contigo, me siento bien…—me miró con dulzura y después, besó mi mano. Eso me hacía sentir que con él podría tener un buen futuro.

Brandon, acababa de terminar la universidad, había estudiado derecho en Oxford, por tradición, su familia tenía un largo legado de abogados, todos debían serlo o serían desheredados, así era la historia de un primo suyo, un tal Adrian Kingsley, había hecho lo que había querido y le habían quitado gran parte de su herencia, ese primo, se había convertido en la oveja negra de la familia y al contarme brevemente su historia, se notaba aterrado, como si no quisiera que le pasara lo mismo.

Comenzamos días juntos y mientras más pasaba el tiempo, más me iba enamorando, la caída era tan profunda que, iba perdiéndome más y más. Le cocinaba, estaba al pendiente de él, de su salud, de que su ropa estuviera limpia, de sus necesidades más básicas, de que llevara desayuno. A veces, me decía que no tenía dinero, porque aún dependía de su familia y cuando sus padres estaban enojados con él, no le depositaban, entonces… me decía que no podía ayudarme con los gastos, yo siempre le decía que, no se preocupara, que trabajaría más en la cafetería y así era, hacia horas extras, trabajaba en mi descanso y cuando podía, doblaba turno con el fin de tener un poco más de dinero para ambos; para pagar la renta, hacer la despensa, y mantener la casa.

El tiempo pasaba, yo seguía tan fatigada que… él y yo, comenzamos a discutir. Yo trabajaba demasiado y él, ayudaba muy poco, sin embargo, mis ojos seguían iluminándose cuando lo veía.

¿Cómo alguien podía convertirse en una carga pero al mismo tiempo, en tu mayor alivio?

—Voy con mis padres esta noche, no llego a dormir… —me dijo en una llamada, casi se me queman unas salchichas que tenía en la freídora.

—¿Pasó algo? ¿Por qué el interés tan repentino? —quería explicaciones con respecto a su comportamiento, pero solo recibí un silencio largo y una respuesta escueta.

—Quieren hablar conmigo de un tema importante. Nos vemos mañana. —me colgó a la llamada.

En el tiempo que hemos estado juntos, jamás conocí a sus padres y él muy pocas veces los visitó, siempre hablaba mal de su relación y mencionaba cada vez que podía que la comunicación con ellos era tóxica, evidentemente yo, también tomé una mala postura con ellos, porque en mi mente se me figuraban estrictos y fríos, una situación que conozco…

Así que ahora, el saber que lo están buscando, sonaba muy raro. Me quedé pensando y más, porque había frialdad en sus expresiones, me lo había hecho saber con un tono hostil, me dolió, sin embargo, el ritmo de vida que llevo es demandante, decidí regresar al trabajo.

Brandon, no volvió a la casa en varios días, los primeros de ellos, me explicó que sus padres le habían pedido que se quedara para tratar unos temas familiares de suma importancia, los subsiguientes días, no recibí noticias de él… ni un mensaje, todo era muy desesperante, ya que él, se había convertido en mi dopamina y al no tenerlo cerca de mí era… inquietante.

Le marcaba con mucha desesperación, pero no obtenía respuesta de él.

Y entonces, pasó… ese día, al llegar a casa cansada y casi arrastrando los pies hasta la entrada, noté que el auto de Brandon estaba mal estacionado, la puerta… ligeramente entre abierta, ciertamente ese día yo había salido un poco antes de las prácticas del hospital, los doctores nos habían retirado porque se dieron cuenta de que estábamos muy agotados y a regaños (porque son médicos muy estrictos) nos enviaron a dormir.

Me emocioné al pensar que Brandon estaba en casa, que nuevamente me reencontraría con el calor de su sonrisa.

Las luces estaban a penumbras y solo veía a un Brandon desesperado sobre la cama… yo entré sigilosamente, no me pregunten porqué, pero sentía que a pesar de ser mi propio departamento debía entrar con discreción. Repentinamente, escuche los quejidos de una voz femenina… más que quejas eran… gemidos, no no eran de dolor, al agudizar el oído me di cuenta de que eran de… placer, en ese instante… mi corazón comenzó a palpitar más fuerte, mis manos se hicieron torpes y mi mente comenzó a correr como un ferrocarril, muchas ideas vagas venían y entonces, con una desesperación inesperada, empujé de golpe la puerta de mi habitación que estaba entre abierta.

—¡Chelsea! ¡Llegaste muy temprano! —rebatió el imbécil de mi novio.

Me causó un shock mental darme cuenta de que ni siquiera le importaba que los hubiera encontrado juntos, que ni siquiera se limitara a darme una jodida explicación o excusa.

—¿Ella es tu novia? —preguntó la chica que estaba en MÍ cama, tirándose a MÍ novio.

—Sí. —exclamó él.

—Me la imaginé más bonita o arreglada. —expresó con tanto desdén que si mi sangre estaba caliente, en ese momento comenzó a bullir del enojo.

¿Qué pasa con esta chica?

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