La tensión entre los dos es intensa, tan fuerte que no me atrevo casi a respirar, cuando llegamos a tierra de nuevo, me volteo, lo miro y le sonrío.
—Buenas noches, que duermas bien—digo con naturalidad como si no hubiese tenido entre mis manos lo que tuve y como si él no hubiese metido sus dedos donde los metió.
Su cara de incredulidad casi me hace soltar una carcajada, pero el ridículo no lo iba a hacer, así que me giro rápidamente y sigo hasta la habitación. Él no dijo nada y solo se quedó m