Giacomo
Uno de mis hombres se acerca con prisa, se inclina sobre mí.
—Su hermano está aquí —dice. Sonrío, pues su ego quedó herido y rápido viene el muy estúpido a reclamar.
—Que pase. Llévalo a mi despacho.
Allí lo espero a solas ansiando que aspire al menos lanzarme un golpe, preparo el arma en el cajón por si acaso se vuelve loco, aunque mis hombres tiene instrucción de revisarlo y evitar que entre armado.
Entra y me mira a los ojos con furia, está desaliñado despeinado y sudado, se ve alter