—Tú no eres nada —la voz de Ai rompió el silencio con frialdad, cada palabra impregnada de un veneno letal—. Y ese bebé tampoco lo es. No tiene la culpa, claro… pero tampoco tiene derecho a nada. No es hijo de la Luna de la manada, así que no es más que un bastardo.
La mujer frente a nosotros se mantuvo firme, aunque pude notar un leve temblor en sus dedos al sostener su vientre. Ai la miraba con una intensidad que habría hecho temblar a cualquiera.
—Un bastardo que nacerá débil —continuó Ai,