22. La llama que nunca se extingue
El amanecer tiñe de oro la ciudad, pero en mi interior todo sigue sumido en la penumbra. Tras días de búsqueda incesante y noches llenas de dolor, finalmente llegué a un pequeño centro comunitario en el que, según rumores, Lena había sido vista. Mi corazón, aún marcado por la ausencia de su recuerdo, late con la fuerza de mil promesas rotas. No podía rendirme; cada instante sin ella me recordaba lo que habíamos vivido, lo que habíamos jurado jamás olvidar.
Al entrar al centro, la cálida luz de