Había pasado un mes.
Un mes y unos días, para ser exactos.
Contaba porque fingir que no lo hacía era imposible.
Las vacaciones de verano se desvanecían lentamente con solo tres semanas restantes. Los días se habían convertido en una rutina de mañanas tranquilas, tardes largas, noches fingiendo que no oía los pasos de Ace en los pasillos ni sentía su presencia como un fantasma flotando fuera de mi alcance.
Había perfeccionado la ley del hielo..., y con Scott de viaje de negocios, era aún más difícil guardar silencio, porque realmente no tenía a nadie más.
Esa noche, volví de la peluquería más tarde de lo habitual. El sol ya estaba poniéndose, tiñendo el cielo de tonos naranjas y morados. Mi pelo olía a cítricos y calor, recién lavado, recién cortado, recién peinado, con suaves ondas rubias cayendo por mi espalda.
Salí del coche, le di las gracias al conductor y caminé hacia la puerta principal con el bolso colgado al hombro. En cuanto abrí la puerta, lo sentí.
Él.
Ace estaba sentado en