Lo había dicho. Por fin lo había dicho en voz alta: amaba a otra persona. Pero decirlo no era suficiente.
Tragué saliva; me ardía la garganta.
—Hay más —dije en voz baja.
Scott no habló. Solo me miró, con la mandíbula apretada y la mirada sombría.
—Amo a Ace —dije.
Las palabras fueron más duras que cualquier otra cosa que hubiera escuchado antes.
Un sonido agudo escapó del pecho de Scott: medio suspiro, medio risa sin humor. Giró la cabeza lentamente, casi mecánicamente, hacia su hijo.
Ace se q