—Es posible, y deja de gritar, que pareces un aloca maniática —respondió Isabella, con una frialdad que helaba la sangre—. Y no solo es posible… es real. He sido colocada aquí, cerca de ti, cerca de Alejandro… para ocupar un lugar que, quizás, no puedas mantener por mucho más tiempo.
Luciana sintió que sus rodillas flaqueaban, su respiración agitada. Intentó apartarse, pero su espalda chocó contra la pared. Estaba atrapada, sin salida, enfrentando a una mujer que decía ser su doble, su sombra.