Estaba tan asustada que, cuando escuché la voz que llamaba a mi hijo, pegué un brinco. Es el imbécil de Andy que anda abaratando aquí y sacando mis buenos sustos y nervios.
Decidí seguir mi camino y hacer como si hace unos segundos no haya estado cargándome de miedo.
—Hola. —Saludé cuando me topé con él. —¿El hombre de la casa apenas viene llegando de la clínica? —Hablé tonterías para disimular mis nervios.
—Hola, cariño. —Respondió, saludándome con un beso en la mejilla. —¡Cuánto deseo devorar