Me estremecí al verlo, quise pasar a un lado de mi maldito hermanastro e ignorarlo, pero él se volvió a poner frente a nosotros.
—¡Papá! —gritó mi hijo con felicidad. ¿Has terminado el trabajo? —preguntó con dulzura, recordando que yo le había mencionado eso. —Acompáñanos a nadar, a mamá le da miedo la profundidad. —Dijo en el oído, pero yo siempre lo escuché.
—Está bien, nadaremos en lo más profundo del mar. Dijo, y yo sonreí al ver la felicidad de mi pequeño.
—¿Qué haces aquí con el niño? ¿Qu