79.
El silencio que siguió a la llegada del auto fue espeso, casi táctil. Era la clase de silencio que antecede a una tormenta, o a una decisión que puede cambiarlo todo. Camila sintió cómo algo se tensaba dentro de ella cuando vio a Gavin detenerse frente a la ventana, con los hombros rígidos y la mandíbula apretada. No había dicho una palabra desde que regresaron a casa, y ese mutismo era más inquietante que cualquier arranque de furia.
Él siempre hablaba. Siempre explicaba, analizaba, protegía. El silencio, en Gavin, era señal de una batalla interna mucho más peligrosa.
Camila se acercó, lenta, tanteando el terreno.
—Gavin… —susurró.
No reaccionó. Parecía una estatua que había olvidado que alguna vez fue humana.
Ella respiró hondo y posó la mano en su espalda. Apenas lo tocó, él inhaló bruscamente, como si hubiera estado conteniendo el aire durante demasiado tiempo. Pero no se giró.
—No quiero que tengas miedo —dijo él finalmente, con una voz que no parecía la suya. Grave. Profunda. Ca