63.
El viento de la tarde recorría el malecón con una suavidad casi hipnótica, levantando pequeñas olas que se rompían contra las rocas con un murmullo persistente. Camila caminaba lentamente, con las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta ligera, como si necesitara resguardar algo frágil dentro de sí misma. No era la primera vez que pasaba por aquel lugar, pero sí era la primera vez que lo hacía con un nudo en la garganta que no sabía cómo desatar.
Necesitaba claridad. Necesitaba distancia. Necesitaba… tiempo. Eso era lo que se había repetido durante las últimas semanas. Sin embargo, ninguna de esas palabras le había dado la calma que buscaba. Porque la raíz de su inquietud tenía nombre y apellido: Gavin Roldán.
A veces, no entender lo que uno siente es peor que no sentir nada. Y Camila estaba atrapada precisamente en ese espacio ambiguo. No sabía si lo que sentía por Gavin era amor, dependencia emocional disfrazada, miedo, ilusión o una mezcla confusa de todo. Pero sabía, sin duda