—¿Por qué no me dijiste que pertenecían a tu madre? —inquiere Giselle en cuanto subimos a la camioneta.
—Porque sabía que si te lo decía me dirías que no podrías usarlas —respondo de inmediato y evitando que se quite la pulsera—. Deseo que sean tuyas, cariño; además, estoy seguro de que si mi madre te hubiese conocido no dudaría en regalártelas. Así que por favor úsalas, ¿de acuerdo? —le pido, sujetándola de la barbilla y dejando un pequeño beso en su mejilla.
—Está bien —accede después de algun