—¿Escuchaste mi conversación con Kalet? —me quejo.
—No fue a propósito, yo iba saliendo y los escuché. Y créeme, no tiene nada de malo serlo, podrías tratarte y mejorar, yo soy… estéril y es algo que nunca cambiará.
—¡Con un demonio! No soy impotente —siseo, apretando mi mano en un puño. Maldiciendo a Kalet por decir todas esas estupideces, suficiente tengo con que la mujer a mi lado me haya pedido el divorcio hace unas cuantas horas como para ahora sumarle que piense que soy impotente—. Eso lo