Mundo ficciónIniciar sesión"Cupido y mis amigos metiches"
El bullicio del Restaurante Acuario era una mezcla ensordecedora de cubiertos chocando contra la porcelana, risas estridentes y ese característico olor a mariscos fritos que, en condiciones normales de glicemia y paz mental, me habría abierto un apetito voraz. Pero esa noche, con el estómago completamente encogido en un nudo de puro pánico escénico y rabia contenida tras el numerito en el auto, lo único que sentía ganas de hacer era correr hacia el baño más cercano y encerrarme a llorar hasta el próximo siglo.
Gabriel, con esa calma insultante y cínica que parecía venir integrada en su ADN de manipulador profesional, me ofreció el brazo justo antes de cruzar la imponente puerta de cristal. Lo miré con desprecio puro, entornando los ojos.
—Ni creas por un segundo que te voy a tomar del brazo como si fuéramos una feliz y enamorada parejita de revista, Gabriel —le susurré entre dientes, ajustándome la correa del bolso con los nudillos blancos de la tensión.
—Haz lo que te dé la gana, "nena", pero si arruinas la actuación frente a tus queridos amigos y me obligas a improvisar, te juro que el vuelo de mañana a Inglaterra será una pesadilla logística de la que no vas a salir viva —respondió él con una sonrisa burlona y una ceja alzada, antes de tomarme de la cintura con una firmeza repentina que me sacó un suspiro ahogado—. Actúa natural. Ya nos están viendo.
Giró mi cuerpo con suavidad estratégica y allí estaban. En la mesa del fondo, rodeados de copas vacías, servilletas hechas bolas y platos de aperitivos compartidos, los miembros del grupo Zona Rosa nos miraban boquiabiertos. Manu, Jav, Mateo y Frank tenían los ojos fijos en nosotros como si hubieran visto a un fantasma o una aparición celestial en plena calle. Y Vicki, sentada en la esquina, contenía la respiración con una sonrisa traviesa y triunfal.
—¡Por todos los cielos santos! ¡Díganme que mis ojos no me engañan y que estoy viendo bien! —exclamó Manu, levantándose de golpe de la silla y derramando media servilleta al suelo por la emoción—. ¡Anne trajo a alguien! ¡Y no es un holograma ni un maniquí!
Caminamos hacia la mesa sintiendo que todas las miradas curiosas del restaurante pesaban pesadamente sobre nuestros hombros. Intenté mantener una sonrisa en los labios que, de puro milagro, no se me congeló en la cara como una máscara de cera.
—Hola, chicos... Les presento a Gabriel —dije, tratando con todas mis fuerzas de que mi voz no sonara como la de una prófuga al borde del colapso nervioso.
—Hola a todos. Es un verdadero placer conocer finalmente a los famosos amigos de los que Anne no ha dejado de hablar ni un solo segundo en toda la semana —saludó Gabriel con una naturalidad pasmosa y encantadora, adoptando una postura relajada pero protectora, mientras apoyaba una mano cálida y firme en la parte baja de mi espalda.
Sentí una corriente eléctrica invisible y traicionera recorrer mi columna por el contacto de su mano. Era una farsa maldita, me repetía mentalmente una y otra vez como un mantra de supervivencia, solo un teatro para ganar la apuesta. Pero sus dedos se sentían demasiado reales, demasiado cálidos contra la delicada tela de mi vestido.
La cena comenzó formalmente entre un interrogatorio masivo y cruzado digno de la mismísima CIA. Jav y Frank no paraban de hacer preguntas incómodas, incisivas y detalladas sobre cómo nos habíamos conocido, quién había dado el primer paso en la aplicación y cuáles eran nuestras intenciones a mediano y largo plazo. Gabriel respondía con una soltura, un carisma y un encanto cínico que dejaba a toda la mesa boquiabierta, inventando historias convincentes con una facilidad pasmosa que rozaba el peligro. Yo, por mi parte, me limitaba a beber vino blanco a una velocidad récord para intentar calmar los nervios que me carcomían por dentro.
En un momento determinado de la noche, mientras Manu y Mateo discutían acaloradamente por una anécdota tonta de la universidad, me incliné unos centímetros hacia Gabriel para susurrarle al oído, aprovechando el barullo ambiental.
—Estás disfrutando demasiado de este papel de circo, ¿verdad, imbécil? Te crees el actor del año —le murmuré al límite de la paciencia, sintiendo el aroma de su perfume amaderado muy cerca de mi piel.
—Solo estoy haciendo mi trabajo con excelencia, Anne. Aunque debo admitir que eres bastante entretenida y adorable cuando te pones nerviosa y a la defensiva —respondió él en voz baja, girando el rostro tan de repente y con tanta cercanía que nuestras narices casi se rozaron. Su mirada se desvió un fugaz segundo hacia mis labios antes de volver a clavarse en mis ojos con una intensidad magnética que me cortó la respiración de golpe.
Antes de que pudiera apartarme, reorganizar mis ideas o inventar un insulto digno de su arrogancia, Jav golpeó la mesa con la palma de la mano abierta, llamando la atención absoluta de todos los presentes de inmediato.
—¡Un momento, un momento de silencio, por favor! Todo esto suena muy bonito, muy romántico y muy civilizado, pero los hechos hablan más que mil palabras —anunció Jav con una sonrisa pícara, socarrona y brillante—. En nuestra época de soltería, las parejas de verdad se besan con ganas para demostrar que hay química real y no un contrato frío de por medio. ¡Queremos verlos en acción! ¡Un beso! ¡Un beso!
El resto de la mesa se sumó al coro de inmediato, dando palmas y golpeando los vasos con los cubiertos al ritmo constante de “¡Beso, beso, beso!”.
Abrí los ojos tanto que creí que se me saldrían de las órbitas, sintiendo que el poco color que me quedaba en el rostro abandonaba mi piel por completo. Miré a Gabriel con pánico absoluto, negando con la cabeza frenéticamente de lado a lado.
—Ni se te ocurra... —Comencé a balbucear una advertencia desesperada, pero antes de que pudiera terminar la frase, Gabriel soltó una risa suave y baja, me sujetó firmemente por la barbilla con una mano delicada pero totalmente ineludible y me atrajo hacia él sin dudarlo ni un solo segundo.
Sus labios encontraron los míos en un movimiento seguro, firme y dominante. No fue un roce fingido, un amague rápido o un pico insípido para salir del paso ante la presión social; fue un beso profundo, cálido, hambriento y tan genuinamente apasionado que el mundo entero a nuestro alrededor pareció disolverse en mil pedazos irreconocibles. Sentí el sutil sabor del vino en sus labios, la suavidad de su boca y una descarga eléctrica tan intensa que mis manos, sin permiso de mi cerebro, terminaron aferrándose con desesperación a las solapas de su camisa para no caerme de la silla.
Cuando finalmente se separó de mí, respirando algo agitado, con los ojos oscurecidos y una sonrisa torcida de triunfo absoluto plasmada en el rostro, la mesa entera estalló en aplausos ensordecedores, gritos de emoción y silbidos aprobatorios. Yo me quedé allí sentada, inmóvil, con los labios ardientes, las mejillas encendidas como un semáforo descompuesto y el cerebro completamente frito.
—Vaya... Creo que eso disipa cualquier duda que tuvieran, ¿no creen? —dijo Gabriel con una naturalidad pasmosa, volviendo a su copa de vino como si acabara de saludar a un vecino cualquiera en la calle.
Mis amigos se reían, encantados y fascinados con la escena de película romántica, mientras yo intentaba desesperadamente recuperar el oxígeno y la dignidad que se me habían escapado por la ventana. Pero por dentro, una alarma gigante, roja y ruidosa comenzó a sonar en mi cabeza: ese beso no había sido de mentira. La química entre nosotros era tan real, tan peligrosa y tan innegable que me aterraba hasta los huesos.







