Mundo ficciónIniciar sesión"Cupido me odia (y este idiota también)"
Eran exactamente las 2:55 p.m. del día siguiente cuando empujé la puerta de cristal de la cafetería Tío Rico con tanta fuerza que el timbre sonó como una campanada de advertencia apocalíptica. Mi ritmo cardíaco competía directamente con el de una maratón olímpica, y no precisamente por una pizca de romanticismo o ilusión, sino por las ganas inmensas y reprimidas que tenía de cruzarle la cara a bofetadas al imbécil con el que había chateado la noche anterior. ¿En qué momento exacto mi vida se había convertido en un chiste de mal gusto?
Elegí una mesa solitaria justo al lado de la ventana que daba a la calle, me crucé de brazos con fuerza y puse mi mejor cara de pocos amigos, esa que usaba cuando alguien intentaba colarse en la fila del supermercado.
Diez minutos tarde apareció él. Entró con una tranquilidad desesperante, como si el mundo entero girara a su ritmo y a nadie le importara. Vestía una sudadera negra de marca, el cabello ligeramente alborotado por el viento de la calle y una sonrisa cínica, de esas que daban ganas de borrarle a golpes, pintada con descaro en el rostro. Se acercó a mi mesa sin pedir permiso y se dejó caer en la silla de enfrente con una confianza que apestaba a arrogancia pura y dura.
—¿Eres Anne? —preguntó con voz ronca, evaluándome de arriba abajo con una mirada descarada.
—En carne y hueso, desgraciadamente para ti y para mi salud mental —escupí con la misma dulzura que un cactus en medio del desierto.
—Vaya. Veo que por chat eras toda una fiera maleducada, escupiendo fuego por el teclado, pero en persona... te ves exactamente igual de insoportable. Un placer conocerte, "nena" —dijo, recalcando la última palabra con una sorna insoportable.
Casi escupo el aire que tenía en los pulmones por la pura indignación.
—Mira, cerebrito, bájale dos rayitas a tu graciosa comedia si no quieres que te rompa una taza de cerámica en la cabeza antes siquiera de que nos traigan el menú. Vine aquí porque tengo una emergencia social de vida o muerte, no porque quiera escuchar tus estúpidas opiniones sobre mi personalidad.
—Uy, qué miedo tengo, tiemblo de los nervios —respondió él con total parsimonia, rodando los ojos con fastidio y recostándose perezosamente en el respaldo de la silla
—. Me llamo Gabriel. Y ya que estamos aquí perdiendo el tiempo valioso de mi tarde, hablemos de negocios de una buena vez. ¿Qué clase de circo barato necesitas que monte el sábado para salvar tu patética reputación frente a tus amigos?
Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí crujir las muelas. La tentación de saltar sobre la mesa y arrancarle los pelos de la cabeza era una opción jurídicamente reprochable, pero tentadora.
—Para empezar, mis amigos no son ningún circo, imbécil. Son unos metiches con los que aposté por orgullo que iría acompañada, y necesito que finjas ser mi novio devoto, amoroso, atento y fascinante durante unas cuantas horas para cerrarles la boca.
—¿Novio devoto y fascinante? —Gabriel soltó una carcajada seca, genuinamente incrédula, que hizo que un par de clientes en las mesas de al lado voltearan a mirarnos—. ¿Yo? Con la cara de pocos amigos que tengo y lo poco que te soporto desde hace cinco minutos, lo más creíble del mundo será que finjamos una relación tóxica al borde del colapso judicial. Al menos eso nos saldría completamente natural.
—¡No, tiene que ser algo creíble! Nada de peleas escandalosas —le reproché, golpeando la mesa con la palma de la mano abierta—. Necesito que parezcamos una pareja feliz, ¿tan difícil es procesar eso en tu cerebro?
—Mira, Anne —dijo Gabriel de repente, cambiando el tono de burla. Se inclinó hacia delante, acortando la distancia entre los dos, y bajó el tono de voz a un susurro áspero, con una mirada tan intensa y oscura que por un segundo me descolocó por completo—. Yo tengo mis propias razones y mis propios líos por los cuales necesito que tú también me hagas un favor a cambio más adelante. Pero para eso, este fin de semana tú me cubres a mí frente a mi entorno y mis propias mentiras, y yo te cubro a ti frente al tuyo. Es un simple toma y daca. Nada personal.
Lo miré entrecerrando los ojos con desconfianza, intentando descifrar qué clase de trampa o cadáveres en el armario traía ocultos tras esa fachada de chico malo. Porque un tipo tan arrogante y desinteresado nunca ayudaba a nadie de gratis.
—¿Qué clase de favor? —pregunté a la defensiva, sintiendo un sudor frío en la nuca.
—Eso no te importa por ahora, genio. Solo digamos que ambos tenemos secretos, reputaciones que cuidar y vidas que fingir frente a los demás para que nos dejen en paz.
—Esto es de locos. Eres un manipulador de primera categoría.
—Y tú una desesperada sin remedio que acude a Tinder por un milagro. Estamos hechos el uno para el otro, una pareja perfecta en el infierno —burla él con una sonrisa torcida que me descolocó los nervios.
Me quedé en completo silencio durante unos segundos interminables, evaluando mis opciones en la balanza de la miseria. O aceptaba las condiciones de este idiota insoportable y jugaba su juego a ciegas, o enfrentaba la humillación eterna, las burlas y las risas en el grupo Zona Rosa.
—Bien —cedí con total desgana, cruzándome de brazos y exhalando con frustración—. ¿Cuánto dinero quieres cobrar por esta farsa o qué clase de contrato absurdo firmamos?
—No quiero tu dinero, Anne —dijo Gabriel de repente, poniéndose de pie con una parsimonia irritante y dejando claro que la charla había terminado—. Guárdalo para tus sesiones de terapia de manejo de ira, que claramente te hacen muchísima falta. Solo asegúrate de estar lista el sábado a las puertas de tu casa. Te recogeré a las 8:00 p. m. en punto. Y, por favor, ponte algo decente y medio normal; no quiero que la gente piense que recojo indigentes desalineados por la calle de caridad.
Antes de que pudiera reaccionar y lanzarle el vaso de agua fría directo a la cara, se dio media vuelta con total soltura y salió de la cafetería con una elegancia tan irritante que me dejó con las palabras y los insultos atragantados en la garganta.
Definitivamente, Gabriel no era ningún Cupido enviado por los cielos. Era un maldito demonio con sudadera negra y una sonrisa cínica. Y yo, por mi propia estupidez, acababa de firmar mi propia sentencia de muerte social.







