Amor por proxy
Amor por proxy
Por: Alice Hard
Capitulo 1

"Ayúdame, Cupido".

El zumbido constante de mi teléfono sobre la mesa de noche no paraba. Era el grupo de W******p de amigos, Zona Rosa, que a estas alturas parecía más una corte de inquisición dispuesta a quemarme en la hoguera de la soltería. El grupo estaba completamente enloquecido, soltando notificaciones como si hubiera estallado la tercera guerra mundial.

~Manu: Anne, necesito que lleves a alguien a la doble cita del sábado. Sí o sí. No acepto un "no" por respuesta.

~Jav: Por Dios, estamos perdidos. Anne lleva milenios soltera. Literalmente, es un fósil viviente en el amor.

~Mateo: Es más probable que nos caiga un meteorito el sábado en la cabeza que Anne consiga una cita real.

~Frank: Amigues, tengan un poco de fe. ¿Verdad, Anne? Sal del escondite y danos señales de vida.

Demonios. Absolutamente todos en el grupo estaban emparejados. Menos yo. Yo era la excepción a la regla, el adorno solitario en la repisa, la tía solterona del grupo a mis veintitantos años. A veces creía firmemente que Cupido no solo me había fallado en las reparticiones, sino que me tenía una inquina personal, generacional y profundamente malintencionada.

Miré la pantalla con odio y tecleé una respuesta defendiendo lo poco que me quedaba de dignidad:

~Anne: Ay, vamos, chicos.  Qué poca fe me tienen. De verdad son unos exagerados.

~Manu: Pero... ¿Vas a ir con alguien el sábado al restaurante? Responde con un sí o un no.

~Anne: Obvio que sí. Voy con alguien.

Mentira. Una mentira tan gigantesca, monumental y estúpida como mi propia desesperación. Pero prefería comerme un sapo vivo y entero antes que ser la 'solterona oficial' de la mesa por otro año consecutivo, aguantando sus miradas de lástima y sus consejos de autoayuda barata.

~Frank: ¡¿Qué?! ¡Es el fin del mundo! ¡Anne irá con alguien! ¡Se abre la tierra y los cielos cantan!

Apagué las notificaciones de golpe, lanzando el celular contra la almohada como si quemara. Necesitaba pensar, respirar y trazar un plan maestro antes de que el sábado llegara a cobrarme la factura de mi imprudencia. Puse mi playlist de Taylor Swift a todo volumen, con "Shake It Off" retumbando en mis oídos como un himno personal de resistencia, hasta que un ruido ahogado, feo y sumamente violento proveniente de la cocina me hizo quitarme los audífonos de un tirón.

Era Vicki, mi querida compañera de piso, ahogándose con un trozo de calamar frito como si no hubiera un mañana en este planeta.

—¡Vicki! ¡Demonios! —grité, corriendo hacia la cocina con el corazón en la garganta.

Por suerte, en aquellas vacaciones insufribles con mis padres, donde nos obligaron a tomar un curso de verano de supervivencia, había aprendido primeros auxilios básicos. La agarré por detrás con desesperación y, aplicando un tirón seco y preciso justo debajo de sus costillas, el maldito trozo de calamar salió disparado por los aires hasta estrellarse contra la ventana.

—¡Por todos los santos, Vicki! ¿Qué estabas haciendo? ¿Intentando matarte un martes por la tarde? —le reproché, con las manos temblando. —¡Anne! —jadeó ella, roja como un tomate y con los ojos llorosos—. ¡Casi me da un infarto! Pero dime... ¿Es cierto lo que leí en el chat? ¿De verdad tienes con quién ir el sábado?

El suspiro que solté podría haber apagado una vela a tres metros de distancia. Me dejé caer contra la barra de la cocina.

—No, Vicki. No. Obviamente, no tengo con quién ir. Me inventé semejante estupidez porque no soporto su presión social.

—¿En serio? ¡¿Y por qué mentiste en el chat grupal?! ¡Casi me muero del susto dos veces en menos de diez minutos! —exclamó ella, frotándose la garganta adolorida.

—Vamos, no es para tanto el drama.

—¡Claro que lo es! ¿Sabes cuánto llevas soltera? Demasiado tiempo. La respuesta es indefinidamente demasiado para una chica de nuestra edad.

—Es que no lo entiendes —me quejé, arrastrando las palabras y desplomándome en una silla—. Estoy harta. Harta de los hombres, de sus jueguitos mentales, de sus mensajes en visto y de su eterno aire de superioridad insoportable.

—Pues sal con una mujer, o búscate un actor pagado por hora en una agencia, pero soluciona tu vida —dijo ella con total naturalidad, como si estuviera sugiriendo comprar pan en la esquina de la cuadra.

—¿Y dónde se supone que consiga un novio de mentira a última hora? ¿En una máquina expendedora en la estación de metro? —O descárgate Tinder. Todo el mundo encuentra un desastre conveniente y rápido ahí. Es solo pasar el dedo a la derecha. Lo más fácil del mundo moderno.

—¡Carajos! No creo que sea tan sencillo ni tan milagroso.

Ese día, arrastrada por la dignidad completamente por los suelos y la presión inminente del sábado, terminé cediendo. Descargué la maldita aplicación en el teléfono. Mi perfil era un desastre absoluto, pero lo configuré rápido con una foto decente donde al menos salía con buena iluminación. Empecé a deslizar perfiles de chicos con frases sumamente pretenciosas, fotos falsas en el gimnasio y poses ridículas, hasta que me topé con uno que destacaba por completo entre la mediocridad: cabello ligeramente ondulado, una sonrisa arrogante que daban ganas de borrarle a golpes y unos ojos penetrantes que parecían juzgarte a través de la pantalla. Se llamaba Gabriel.

No sé si fue el insomnio, la rabia acumulada o la pura desesperación de quedar bien, pero le di a la derecha sin pensarlo dos veces.

¡Match!

La pantalla brilló con la notificación. Antes de que el cerebro pudiera detener a mis dedos, estos volaron sobre el teclado. Quería a alguien directo, alguien que no me viniera con tonterías románticas ni frases de catálogo.

Yo: Hola. ¿Estás disponible el sábado para fingir que eres mi novio frente a mis amigos insoportables? Te compensaré por las molestias.

Me quedé mirando el mensaje enviado con los ojos bien abiertos. Sí, directa a la locura total. Dos minutos después, su respuesta llegó como un balde de agua helada directo en la cara.

Gabriel: No sé quién seas, ni por qué crees que estoy disponible para payasadas de citas falsas. Consíguete a otro idiota en esta app.

¿¿Disculpa?? ¿Un total desconocido rechazándome a mí con tanta prepotencia? Mi ego, que ya estaba bastante golpeado por la sequía amorosa, se encendió en llamas instantáneamente.

Yo: Mira, cerebrito de pacotilla, si te escribí fue porque parecías el menos insoportable de todo este catálogo de Tinder, pero ya veo que me equivoqué rotundamente. Quédate con tu ego inflado y vete a pasear.

Gabriel: Jaja. ¿Ego inflado? Curioso que hables de eso cuando estás rogando en una aplicación de ligue por un novio fake para el fin de semana. Si tan desesperada estás por encajar, tal vez podamos llegar a un acuerdo mutuo. Pero bájale dos rayitas a la actitud defensiva, nena.

¡Nena! ¡Me había dicho "nena" con un descaro tremendo! Odiaba profundamente que me hablaran de esa forma tan condescendiente. La chispa de un odio mutuo e instantáneo nació allí mismo, ardiendo con la fuerza de la dinamita pura.

Yo: Te veo mañana sin falta en la cafetería 'Tío Rico' a las 3:00 p.m. en punto. Y te juro que si aceptas fingir, será estrictamente por dinero, porque me caes rematadamente mal desde el primer segundo.

Gabriel: Perfecta coincidencia, genio. A mí también me repugnas, pero me sirve tu propuesta desesperada. Nos vemos mañana. No te vayas a acobardar.

Apagué el teléfono de golpe, con las manos temblando de rabia pura. Ese tal Gabriel era un imbécil arrogante, insufrible, cínico y con una pinta de infiel empedernido que tiraba para atrás.

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