El parque era su refugio dominical. Un lugar donde Alexander podía practicar el arte de ser invisible. Donde el mundo pasaba frente a él como una película muda y ajena.
Ese domingo, el sol era más cálido. Los niños llenaban el arenero con una energía caótica y vital. Alexander observaba desde su banco, con la mirada perdida en el movimiento general. No buscaba nada. Solo dejaba que las formas y los colores lo anestesiaran.
Fue un destello de color lo que captó su atención primero. Un vestidito