La mañana siguiente llegó con la crudeza de un martillazo. El despertador sonó a las 6:00 AM, un sonido agudo y ajeno en la habitación que ahora compartían. Alexander se movió primero, su brazo—que había estado rodeando la cintura de Olivia toda la noche—se retiró con torpeza. El contacto, tan natural en la oscuridad, de repente se sentía expuesto bajo la luz gris del amanecer neoyorquino.
Olivia abrió los ojos y lo encontró ya sentado al borde de la cama, su espalda desnuda vuelta hacia ella.