Dos semanas después de la partida de Isabella, el hielo en el ático se había vuelto más espeso, más impenetrable. Olivia y Alexander se movían como figuras en un diorama de cristal: perfectas, frías, separadas por una barrera transparente pero inquebrantable.
Era jueves por la mañana cuando Alexander tomó la decisión. Estaba en su estudio, revisando los preparativos finales para el lanzamiento europeo, cuando su asistente Marissa entró con una actualización.
—La Sra. Rossi confirma que todo está listo en Milán para las negociaciones del Palazzo Brignole —dijo, pasándole una tablet—. Sugiere que la reunión final sea la próxima semana.
Alexander tomó la tablet, pero sus ojos no vieron los números ni los horarios. Vieron otra cosa. Una oportunidad. O tal vez una sentencia.
—Programe el jet para el viernes —dijo, su voz más firme de lo que se sentía—. Para dos personas.
Marissa asintió, sin hacer preguntas. Era una de las razones por las que la había contratado.
—¿Los nombres, señor?
—Ale